¡No me pise las matas!

Por fortuna, nuestro anecdotario familiar siempre se ha enunciado alrededor del comedor, si es que de algún modo se le puede llamar comedor, pues para nuestras circunstancias que otros llaman clase social (la de muchos), un comedor son tres tablas anchas, cuatro patas de palo, un mantelito de flores (como esos que están de moda en las faldas de mis amigas) y cuatro taburetes; de los cuales dos están cojos y uno cuñado con un pedazo de papel. No obstante, anécdotas van, vienen y se cuentan entre risas, porque hasta la mayor calamidad termina siendo chiste. Después de un tiempo cualquier caída es máximo un sonrojo o preferiblemente una docena de carcajadas.


En alguna época, impúber todavía, tuve a la mano un machete cuyo filo cortante eran grumos de óxido. Era un machete que no se dejaba zarandear así como así, resistía, costaba sangre su empuñadura por su mal estado y vejez. Sin reparar la herramienta me dejé ir contra el jardín de mi mamá, plantas medicinales y flores de verdad (no como las del mantelito aquél), esos pequeños besos de colores y la posible cura contra el cáncer fueron víctimas de mis ganas angelicales de ser un campesino agreste, de los que si. Les juro que por mi mente se paseaba el deseo de querer ser el hombre de la casa, un man de pelo en pecho pero terminé dándome golpes de pecho: mea culpa!.

Mamá sólo alcanzó a perdonarme tal sacrilegio, pues cuando me convocó, este Katrina de pueblo ya había despelucado la ruda y el limoncillo, ni que decir al otro extremo la cebolla y la col: ya se recostaban sueltas sobre el cilantro que tampoco sobrevivió. Fue la peor tarea para mamá perdonarme la enredadera de cidras, pues con toda dedicación la desenredé para quitarle el peso y la joroba de la cerca al final del rastrojero. No sobrevivió ni el culantro que es capaz de crecer encima de una mierda de vaca, ¡pobre!.

El trabajo de meses, quizá años de dedicación se perdió en menos de un jornal, no tuve necesidad de unas botas machas ni fue preciso restregar contra mi cara un colorado de tela, el famoso dulce abrigo que secaría mi sudor. En unos minutos y como si fuera un político urbanizador, borré todo atisbo de fotosíntesis que a mi paso estuvo. Mi suerte no tiene comparación, hubo compasión por mi cara de sorprendido, en serio que yo todavía estaba convencido y orgulloso de mi futuro como jardinero guadañador.

En la escuela acostumbraba decir que cuando fuera grande quería ser astronauta, pero mi alma me carcomía a gritos revelándome que lo mio era la guadaña, el machete, el rastrillo y la pala.

Es evidente que mi perspectiva infantil sólo alcanzaba para dejar a un mismo nivel de importancia tales oficios, desprevenido aspiraba a ambos como si sólo se tratara de escoger, no dimensionaba la dificultad de uno de los dos, el más complejo cuyas ciencias que lo componen no están a a la altura ni al alcance de todos, aquél donde muchos son los llamados pero pocos los escogidos, ése del que tanto dudamos a veces debido a sus misterios, grandeza y particularidades, en efecto no consideré la supremacía de un área del conocimiento cuyos descubrimientos nos da placer a la imaginación, la jardinería por supuesto!

Ni jardinero ni astronauta. Ahora soy yo el que grita para emular autoridad: ¡Bájese de ahí!, ¡Muchacho pordios! ¡Entre que no le voy a pegar! y por los siglos de los siglos ¡No me pise las matas!
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